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lunes, 10 de febrero de 2014

16. El mito del colesterol alto o el escándalo de las estatinas.



El lavado de cerebro que más éxito ha tenido en términos de convencimiento del grueso de la población es el relacionado con la –supuesta– responsabilidad del colesterol alto en la mortalidad cardiovascular y su necesidad de bajarlo consumiendo medicamentos.

Para empezar habría que considerar que es alto: en los años 70 alto era más de 240 mg/100ml y sólo se consideraba como posible riesgo si, además, había otros factores como ser fumador o tener sobrepeso.

En 1984 se decidió que la cifra se bajaba a 200 y en los años 2000 se intentó limitarla a 180.  Es evidente que, cuanto más se reduce el nivel aconsejado, más “pacientes” en buena salud necesitan un tratamiento y más aumentan los ingresos de ciertas compañías.

Lo cual ya es ciertamente sospechoso.

Sin embargo, en personas sanas el colesterol sube de forma natural con la edad y para una mujer sana en su cincuentena una cifra de 260 mg/100 ml es completamente normal.

No solamente eso, un colesterol que sube de forma natural con la edad, es un factor de longevidad y de salud y las cifras normales de colesterol varían entre 150 y 300 dependiendo de la constitución de la persona (1) y de su trabajo; por ejemplo un trabajador manual puede tener cifras de colesterol de 250mg/100 ml con amplias fluctuaciones tanto hacia arriba como hacía abajo (2).

Probablemente no es lo que te ha dicho tu médico y, si te acercas a las cifras normales altas, hay bastantes posibilidades de que te receten estatinas –un medicamento inútil con unos efectos secundarios peligrosísimos a medio y largo plazo que incluyen, en casos leves, dolores musculares, pérdida de tono, de agilidad mental, de vivacidad y de interés así como problemas de memoria y baja de la libido.

Si tomas esta medicación y pensabas que los susodichos efectos eran responsabilidad de la menopausia, desengáñate... son las estatinas y cada vez hay más estudios médicos y publicaciones independientes para probarlo.

Eso sin contar con las posibles consecuencias graves de este medicamento que son demencia y muerte prematura por destrucción de músculos –entre ellos el del corazón al que se supone están protegiendo–  e insuficiencia renal aguda en personas mayores.

Pero vayamos por partes, ya desde finales de los años 70 el doctor Michel de Lorgeril, cardiólogo e investigador en el CNRS, junto con su equipo, afirmaba que un colesterol excesivamente alto podía ser un marcador de una forma de vida alterada; marcador sí, pero no culpable, por lo que bajar su tasa en sangre por medios artificiales –léase estatinas no aporta ninguna mejora (3).

De la misma opinión es el doctor e investigador danés Uffe Ravnskov desde 1989, así  como el cardiólogo suizo Mikael Rabaeus o el profesor Philippe Even, bioquímico y cardiólogo francés,  el que dice que no hay colesterol malo (1).

Para entenderlos hay que conocer algo más sobre el colesterol que lo que nos cuenta el dogma oficial. Por ejemplo, que el colesterol es una molécula indispensable que ha tenido y tiene un papel esencial en la evolución de la vida terrestre. En nuestro caso –seres humanos–, asegura la protección y ensamblaje de las membranas de los billones de células del cuerpo, en particular de las musculares, cardíacas y nerviosas y estabiliza los receptores hormonales, inmunológicos y neurológicos.

Además, es a partir del colesterol que se sintetizan todas las hormonas sexuales femeninas y masculinas, las hormonas corticoides o del stress y la vitamina D que protege nuestros huesos.

También transporta las grasas, pero el colesterol en sí no es una grasa.

Por otro lado, es una molécula complicadísima que necesita 36 etapas químicas sucesivas para formarse y es tan indispensable para el cuerpo que este la recicla en permanencia –por ello, consumir alimentos ricos o no en colesterol tiene poco efecto sobre el colesterol total que es, sobre todo, fabricado en el hígado y liberado en el torrente sanguíneo según las necesidades del momento.

Un detalle importante es, que al tiempo que se fabrica colesterol y usando su mismo camino bioquímico, se sintetiza otra molécula importantísima: el mevalonato que, por su parte, va a controlar el crecimiento celular, la inflamación y la construcción del hueso.

Es interesante saber que las estatinas no solamente bloquean la síntesis de colesterol si no también la de mevalonato con consecuencias que pueden ser desastrosas a largo plazo.

Si tantos médicos y cardiólogos siguen recetando estatinas es por un lado, por la confianza casi religiosa que tienen en el dogma establecido –afianzada diariamente por el lobby farmacéutico– y por otro, por la ignorancia de estos hechos debido a que no todos tienen una sólida formación en bioquímica.

Y aunque nadie está obligado a tener una formación en bioquímica todo el mundo ha oído hablar del buen y mal colesterol… el supuestamente malo se llama LDL por low-density lipoproteins o lipoproteínas de baja densidad que son proteínas que lo transportan a los tejidos con necesidad urgente -es por tanto un colesterol indispensable.

El colesterol que no es utilizado vuelve al hígado transportado por otras proteínas las HDL o high-density lipoproteins (lipoproteínas de alta densidad), este es el que se ha llamado bueno sin tener en cuenta que volverá a salir del hígado en forma de LDL en cuanto el cuerpo mande mensaje de necesitarlo.

Es este un ciclo permanente y vital que varía según el tiempo y las necesidades y que a mí me llena de admiración y agradecimiento hacia mi cuerpo y su inmensa sabiduría innata.

Por ejemplo, en un cuerpo sano, los niveles de colesterol aumentan naturalmente un 20 % en otoño para descender de nuevo durante el invierno ¿cuántos profesionales de la salud lo saben?... Así que más te vale que te lo analicen en primavera o mitad del verano.

¿Y cuál es la relación real entre la enfermedad cardiovascular y el colesterol?

Veamos primero la teoría oficial:

Esta dice que, por motivos que no se explican, una forma de colesterol llamado malo aumenta actualmente en la sangre de millones de personas, se adhiere a las paredes de las arterias y termina impidiendo el flujo sanguíneo y la llegada de oxígeno y nutrientes al corazón.

Evidentemente hay que bajarlo como sea. Punto.

Veamos lo que están observando toda una serie de médicos e investigadores independientes:

Si la dieta está llena de de productos acidificantes como proteínas cárnicas en exceso, azúcares blancos y grasas procesadas –esto último se encuentra en los alimentos industriales las membranas celulares son dañadas fácilmente y necesitan ser reparadas; para llevar a cabo la reparación el organismo libera grandes cantidades de hormonas corticoides y colesterol –el LDL que es el que el cuerpo usa para enviar a los tejidos.

Nuevos conocimientos indican, además, que las arterias también resultan dañadas debido a un ataque ácido y/o por la acumulación de proteínas en su membrana basal exterior; porque aunque se supone que las proteínas se digieren completamente, esto no es cierto: depende de la dieta, tipo físico y capacidad del hígado para eliminarlas. De hecho, la acumulación sólo aparece cuando hay una ingesta excesiva de proteínas animales –circunstancia muy habitual en las dietas modernas.

Si se sobrepasan las capacidades naturales de eliminación, las membranas basales de los capilares y arterias acumulan el exceso de proteína y se congestionan, produciéndose reacciones inflamatorias necesarias para aumentar el flujo sanguíneo en las zonas dañadas en un intento del cuerpo de llevar oxígeno, nutrientes y evacuar las toxinas metabólicas.

La acumulación de episodios inflamatorios produce heridas en la pared arterial con hemorragia y peligro de formación posterior de coágulos. La medida de emergencia del organismo para prevenir un infarto o un derrame cerebral debido a los coágulos, es contener la hemorragia de inmediato usando la lipoproteína LP5 que, en un primer momento, sella las heridas abiertas incorporando colesterol LDL, que es la molécula reparadora por excelencia.

Si el cuerpo se ve obligado a cicatrizar la misma herida 50 o 100 veces termina creando una placa cicatricial, rígida –por lo tanto más fácil de romper en caso de aumento puntual de la presión sanguínea–, espesa, fibrosa y llena de ácidos grasos en el centro –pero muy poco o nada de colesterol– que pueden oxidarse y crear a su vez irritación e inflamación en un círculo vicioso difícil de parar si no se cambia de dieta.

La conclusión es que el colesterol no tiene nada que ver con el desastre cardiovascular al que se ve abocado, lenta pero inexorablemente, el organismo… a no ser que se confunda el mensaje con el mensajero o, el problema, con la molécula encargada de resolverlo en situación de emergencia.

Por supuesto, una cifra de colesterol disparada –más de 300– con un cociente colesterol total/HDL mayor de 4 y acompañado de triglicéridos elevados y glicemia alta es un aviso muy claro del cuerpo de que hay intoxicación grave por exceso de proteínas animales y productos industriales.

La solución es, al tiempo, muy simple y muy difícil: consiste en una dieta vegetariana –controlada por un experto en nutrición– durante varios meses, hasta que las cifras se normalicen. Es muy posible que, además, se deba acompañar de una limpieza de hígado, riñones y colón.

Una cura semejante, pone en contacto con el cuerpo y la intuición por lo que después la persona sabe instintivamente que comidas le sientan bien y cuáles no… probablemente podrá volver a tomar un corderito asado de vez en cuando con un buen vino y unos huevos fritos con chorizo, pero no le apetecerá nada la comida basura.

Pero, os diréis, ¿qué hay de los estudios científicos que muestran que las estatinas disminuyen el riesgo cardiovascular bajando el colesterol? ¿Cómo pueden estar equivocados hasta ese punto?

Dejo la palabra al profesor Philippe Even que, en una entrevista concedida en febrero del 2013 (4) dijo lo siguiente (traduzco):

He analizado cada uno de los 46 más grandes estudios realizados sobre 230 000 pacientes, todos financiados por la industria (farmacéutica) salvo tres, los únicos tres, por cierto, con resultados negativos: en el momento que no se trata de la industria se dice la verdad. Todos los otros están falsificados en cada etapa: selección de enfermos, criterios de evaluación del medicamento, retirada de los resultados negativos, métodos estadísticos manipulados e ilícitos, presentación de resultados distorsionada haciendo creer en reducciones “significativas” de 10% a 20% de la mortalidad, cuando se trata de reducciones estadísticamente no significativas del orden de 0,2 %, es decir 99,8% de fracasos…( ) Después del estudio viene la redacción del artículo, llevada a cabo por médicos pagados por la industria y aquí es la colección de mentiras. El artículo arregla los resultados del estudio, él mismo ya optimizado. Le sigue un resumen que no retiene más que los argumentos a favor de las estatinas. El resumen se termina con una conclusión de tres líneas que va todavía más lejos en este sentido, así como el título elegido. Todo precedido por un editorial triunfalista, redactado por un líder de opinión universitario financiado por la industria, que elogia todavía más los maravillosos resultados. El método es remarcablemente eficaz, puesto que la mayoría de los cardiólogos no leen más que el resumen y a veces sólo el título y el editorial, o incluso nada, puesto que están convencidos de antemano…

Me parece que no hay más que añadir. 

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(1) Philippe Even. La Verité sur le Cholestérol. Ed. du Cherche-Midi, 2013.

(2) Andreas Moritz. Los secretos eternos de la salud. Medicina de vanguardia para el siglo XXl. Ed. Obelisco 5ª edición 2010.

(3) Michel de Lorgeril. Cholestérol, mensonges et propagande. Ed. Thierry Souccar, 2013.

(4) Entrevista en “Le Nouvel Observateur “ del 14-20 de febrero del 2013.

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